Premio a la vida y obra
de un periodista


Darío Restrepo Vélez

Darío Restrepo Vélez

Comienzo con una confesión: estoy aquí, frente a ustedes, tremendamente asustado y sorprendido, tanto por la trascendencia del reconocimiento que se me hace como por las reflexiones que me suscitó el anuncio del premio. 

Por este mismo escenario han pasado los maestros del periodismo colombiano, de quienes me nutrí y en quienes abrevé las primeras letras del alfabeto periodístico. Me agobia sobremanera pensar que esos maestros que me formaron —unos vivos y otros fallecidos— puedan tomar como un desaguisado este atrevimiento del alumno. 

Me siento, en todo caso, abrumado y muy honrado. Y sé que va a acompañarme, por el resto de mis días, una inmensa gratitud con la vida que me proporciona esta bella recompensa; con la Fundación Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar; con su presidente, el doctor José Alejandro Cortes; con la secretaria ejecutiva y alma del premio, Ivonne Nicholls, y con el jurado cali?cador. 

Sé también que este premio no es solo mío, sino que le pertenece a una legión de mujeres que me ilumina y acompaña desde los albores de la vida: doña Ligia, mi madre; mi Marita, mi mujer; Sofía, Paula y Daniela, mis hijas; y Cecilia, la consejera de siempre y madre de mis hijas. Ellas son mi vida y mi obra. Y a ellas dedico este galardón. 

No sé, sin embargo, si sentirme feliz o desolado. Feliz, obviamente, porque ustedes me han dispensado el mayor galardón que se otorga en Colombia a los profesionales del periodismo. 

Pero desolado, porque yo creía que la juventud era eterna y que el juego diario de las palabras y las noticias seguiría estancado como un corcho en el remolino de mis sueños. 

Falsa ilusión. Este premio me ha despertado. Cuando recibí la noticia vi, en un instante, la bruma de mis más de cuarenta años de reportero —único título que acepto— saltando de redacción en redacción, de medio en medio, de noticia en noticia, entrando y saliendo del periódico El Tiempo que ha sido como mi casa matriz. 

Y volví a ver, en la Escuela Córdoba de Medellín, al niño de diez años que entrevistaba a un personaje de la época porque fue lo único que se le ocurrió para cumplir con su tarea de lenguaje.

Entonces comprobé la realidad inexorable de que la vida avanza.

Como el gran César Vallejo sentado en su banca de París “los húmeros me he puesto a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto, con todo mi camino, a verme solo”. 

Pero, en fin, lo bueno de estos homenajes a estas alturas de la vida, es que puede uno sentirse como el anciano de la tribu y deslenguarse con licencia. 

Permítanme, en pocas palabras, reivindicar el oficio de reportero y hacer el elogio de la duda como herramienta fundamental de este oficio.

Si peco o exagero, me sacara avante el notable escritor mexicano que hoy nos honra con su presencia, don Gonzalo Celorio. Hace unos meses, en una entrevista sobre sus ensayos de literatura hispanoamericana, literatura que él ama profundamente, Celorio aclaró: “No se pierde el amor con la crítica, pues el amor, cuando no es crítico, es complaciente”. 

Es cierto que el periodismo atraviesa momentos de ajuste y nos vemos sobrepasados por la irrupción de la tecnología, el auge de las redes sociales, el trabajo en convergencia y la avidez ciudadana por trascender el periodismo convencional. 

Pero nada de esto es amenaza. No son los nuevos modelos del negocio, ni los nuevos formatos de periodismo, ni la aterradora inmediatez de la comunicación, ni el ciudadano hecho reportero, ni los niños que hoy nacen con el chip de la tecnología incorporado, ni siquiera la procacidad de los desadaptados sociales que aprovechan el anonimato de la red digital para evacuar en ella sus miasmas verbales. 

La radio no acabó con el papel impreso, la televisión no acabó con la radio, internet no acabará con la televisión. Todos nos adaptaremos como se ha adaptado siempre el hombre a todo. 

La amenaza no está en las máquinas ni en los procesos. Está en el hombre mismo, depredador por antonomasia. 

En Colombia, el periodismo ha sido siempre, y sigue siendo, objetivo militar de los grupos armados ilegales. No son pocos los colegas que han muerto o han sufrido la ignominia del secuestro bajo las balas del narcotráfico, la guerrilla y el paramilitarismo. Pero esa amenaza tiene su lógica de guerra, perversa, inadmisible, criminal, pero lógica: ¿qué más puede esperarse de bandidos de cualquier pelambre que tratan de someter a la sociedad? 

La amenaza para el periodismo que a mí más me perturba, es la que no puede argumentar esa lógica criminal. La verdadera amenaza, en cualquier parte del mundo, está en el reciclamiento periódico de las autocracias, legales o ilegales, y en la simultánea desaparición del reportero con capacidad de asombro y duda beligerante. 

Desde Moscú hasta Buenos Aires, desde Teherán hasta Caracas, pasando por Bogotá y Quito, los gobernantes con vocación mesiánica siempre tratarán de acorralar al reportero curioso. Unos lo harán con leyes restrictivas; otros clausurando medios sin ninguna vergüenza; otros cerrando el acceso a la información; otros extorsionando con la pauta publicitaria, y unos más, con un solo dedo: el dedo con el que señalan de terrorista al reportero investigador y acucioso. 

Pero por ser políticos e ideológicos, esos procesos también se caen, con una condición: que no decline el reportero íntegro, buscador de la verdad y conocedor del lenguaje; el que no se rinde; el que fundamenta su trabajo en la duda; el que no traga entero, y el que confronta a su fuente y valida la información oficial. 

No hay poderoso ni gobernante, ni actual ni en la historia, desde Julio César hasta Berlusconi, que no tenga que mentir o fraccionar la verdad para sobrevivir en su olimpo. Pero esa es su fatalidad y su tragedia. 

El destino del reportero, en cambio, es desvelar al poderoso y al gobernante, día y noche, con su oficio de duda permanente, para equilibrar las cargas de la sociedad. “Respirarle en la nuca”, sugiere el colega Héctor Rincón. “Tratar de ver lo que está oculto”, recomienda Saramago. 

Y me atormentan muchas dudas sobre si las escuelas de periodismo y los propios medios, estamos formando a nuestros reporteros en la importancia del criterio, la necesidad del carácter independiente, el buen manejo del idioma, la ética y la cátedra de la duda creativa. 

Hay que retornar a la convicción de que la reportería es un trabajo pasional y misional, “sin horario ni fecha en el calendario”, como dice la canción. 

No es que no haya buenos reporteros, periodistas investigadores. Lo que pasa es que son pocos para la dura realidad nacional y están muy amenazados. ¡Qué tal el drama de los reporteros de provincia, inermes y desprotegidos!

Y resulta que hay muchos “cúmulos nimbus” en el firmamento de nuestro país. 

La dislocación institucional, que avanza a pasos agigantados, requiere reporteros que lean y conozcan la historia nacional. La corrupción y la politiquería que nos ahogan, y que ahora vuelven a ser campaña electoral sabatina, claman al cielo por reporteros audaces y enterados. 

A esta orfandad de organismos de control independientes tiene que responder el reportero sagaz con sus gargantas profundas. 

Este vacío de control político, con un Congreso cooptado por la prendería de los contratos y subsidios, requiere con urgencia una masa de reporteros que escarbe y escudriñe sin misericordia. 

Reporteros cuya única certeza sea dudar, dudar y dudar, sin encrucijadas en el alma. 

Necesitamos muchos reporteros de esas dimensiones para que anuncien y contextualicen la noticia, desde ahora y hasta el día en que ya sometido el Estado de Derecho, nazca el Estado de Indignación como fase superior del Estado de Opinión. 

Señores miembros del jurado, maestro Celorio, amigos y colegas:

Lo que voy a contarles para terminar es inexplicable que me atreva a contarlo. Quizás sea el momento de hacer este exorcismo. Para muchos será una locura y para otros una estupidez. Para mí no es realidad ni ficción, sino lo que pasó. Y lo cuento como me pasó.

Hace dos años por esta misma época, el 2 de noviembre de 2007, me morí por un instante en medio de una cirugía mayor de vida o muerte, que duró diez horas.

Anestesiado, inconsciente y casi desangrado, desde la camilla de paciente, camine, tranquilo y calmo, como en una meditación trascendental, por ese túnel de luz del que muchos sobrevivientes hablan. 

Alcancé a ver una figura amable y bella que, sin decir una palabra, me pidió que diera vuelta y regresara. Era la ?gura de mi padre fallecido hace 19 años. 

La ciencia y un equipo brillante de médicos facilitaron ese regreso que ordenaba mi padre desde el éter. 

Tiempo después sentí que había valido la pena volver a la vida, cuando, entre sollozos y risas, volví a abrazarme con mi legión de mujeres, y volví a respirar el azahar de un naranjo pequeño que había sembrado en vida en el jardín de mi casa sabanera. 

Hoy descubro otro motivo por el que valió la pena regresar: esta cálida y emocionante reunión con ustedes. 

Muchas gracias.